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mar 29

24 horas en la finca “El Refugio” con Benedo

 

Por: Aura Arelis Pereira

 

A diferencia de la ciudad y sus muy iluminadas calles, en el campo, la oscuridad de la madrugada recibe al campesino para iniciarse en sus labores cotidianas. Hombre de pocas palabras, con la fuerza física y espiritual de un roble venezolano y con el talante necesario para enfrentar la soledad en la tierra de la finca “El refugio”. Ese es Benedo Acevedo, hecho hombre por la dura naturaleza en donde habita y por el trabajo bravío en la finca donde trabaja desde hace años atrás en el estado Barinas de Venezuela.  

Ser hombre de campo no es cosa fácil; la jornada comienza mucho antes de que la luz del día se aviste hacia el este. A las cuatro de la madrugada Benedo está listo con sus tobos y cántaras para extraer el preciado líquido blanco. Se dirige lentamente hacia la vaquera y saluda a sus compañeras de jornal, todas tienen su nombre. Las reúne, busca sus crías, las amarra y ordeña sus ubres cargadas de leche. Ordeñar es un oficio que se aprende desde la práctica y no se deja de hacer así llueva, sea feriado, navidad o fin de año, todos los días debe ser igual. Es una labor casi de rigurosidad religiosa, quiera o no el campesino todos los días debe sacar la leche de las vacas.

Finaliza la última y sale con sus cántaras al camino para dejarlas allí y esperar que el “Lechero” –como le llaman a quien levanta toda la leche de la zona-  cargue el fruto de su trabajo. Ya son las 5:30 am, y el regreso a la casa de la finca le invita a un descanso ligero pues hay que recargarse de energía para el día de trabajo. Son las 6:30 de la mañana, ya dispuesto para continuar, prende un pequeño televisor cubierto por el polvo y las plumas de las gallinas que habitan el lugar.  Un aroma invade el espacio y se escucha fuertemente la voz de los anclas de un noticiero; se toma un café caliente mientras los periodistas muestran las primeras noticias del día.

Es hora de seguir el jornal, el sol calienta la mañana y Benedo se dispone a agarrar su charapo y demás instrumentos de trabajo para “…salirle al campo” –frase con la que el campesino describe su partida al jornal-. En una finca hay mucho por hacer, con pasos rápidos se apresura para buscar un caballo y así dar un recorrido junto al patrón. Cerca de la laguna, lugar de encuentro de los diversos potreros, se ve a lo lejos una vaca enterrada hasta la mitad, el sol le seca el lomo y ella brama fuertemente. Ya agotada de tanto esfuerzo su rostro muestra el cansancio tremendo y la muerte por venir, no se sabe cuánto tiempo estuvo allí pero las probabilidades de salir viva de esto, son muy pocas. El hombre, de tez morena y de músculos fuertes como un árbol, al ver ese panorama corre rápidamente a su auxilio, pero un fuerte grito del patrón le detiene y le ayuda a pensar que poco hay que hacer por el animal. La impotencia de Benedo hace más callado el recorrido por las tierras. ¡Así es la vida del campo! –se dicen mientras continúan-.

Finca Barinas

Se acerca la hora de la comida, ambos regresan a la casa luego de una extenuante ronda, para refrescarse del calor incesante y comer, en la mesa ya servida hace minutos atrás. Rápidamente acaban con todo y el aroma a café, les indica que es hora de continuar el trabajo.

Toman sus sombreros y se dicen “…dale canoa pariente” -como le dicen en la zona al hecho de regresar a jornalear-. Se dirigen ahora a otra ala de la finca en busca de los animales que pronto pasarán a otra vida en el matadero. Visualizan los más grandes y los apartan para darles el cuidado que les permita lograr el peso óptimo para salir de las tierras del “Refugio”.

Para un hombre de campo es emocionante montar un caballo, comunicarse con sus animales y hacerlos andar, desde lejos el panorama luce como el cuento de “El flautista de Hamelin”, pero con un rebaño de toros que pasan los 400 kilos,  ¡no cualquiera puede hacer ese trabajo!  La experiencia del campo desarrolla un sonido particular en el campesino que le permite hablar con los animales. ¡Oh-oh-oh-oh!, grita Benedo para reunir el rebaño -o “la mautada”, -como le dicen ellos- y dirigirlo al potrero escogido. El andar de los toros es apresurado, el caballo también tiene mando, los empuja y les invita a obedecer. Terminado el trabajo, el ganado queda encerrado. Cae la tarde, regresan al rancho en busca de más agua con panela o quizás un café con pan. Llegan a la casa y mientras discuten los asuntos del ganado toman café y comen el pan que le brinda la ama del rancho. Aún el día no termina, una segunda vuelta a la vaquera nos muestra que hay que ordeñar de nuevo a las vacas. Apronta lo necesario y se dedica a sacar la leche. Luego de dejarla lista para la recolección del “Lechero”, se marcha al rancho y le da a los cochinos su alimento.

Se acerca el merecido descanso, ya el sol cae con la tarde, a lo lejos, el cielo naranja le dice que el día de jornada terminó. Conversa con el patrón de la finca, se toman una fresca limonada cargada de azúcar y desde el porche de la casa, ven cómo el sol se esconde lentamente en una tarde Barinesa.

 

Atardecer en Barinas

Finalizada la conversa, busca su paño y su jabón, ya está preparado para soltar la tensión del día, bombea agua fresca y se da un baño. Se viste y se acerca a la mesa para cenar, la televisión no ofrece nada interesante, así que decide dormir. A las ocho de la noche termina la jornada de Benedo. Un gato y un pollito le hacen compañía en su cama, y un ventilador refresca la habitación en una noche muy calurosa.

 

 

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